Cuando crucé el portal hacia el interior del café, el camarero de siempre me saludó con la cabeza. Subí las escaleras y me dirigí hacia en la mesa de siempre, la que nunca está ocupada porque parece que la gente ha aprendido que me pertenece. Además, no es la más atractiva del local. Está alejada de la ventana y en una esquina, lo que hace que esté pensada para una persona, tal vez dos. Aunque yo siempre me sentaba allí sola. Nadie más que mis histórias me acompañaban, nunca. Cada día pedía un café solo, como yo misma. Me sentaba en mi silla y olvidaba.
El caso es que, ese día, al llegar, un hombre estaba sentado en mi silla con un libro entre manos. Parecía que ignoraba todo y a todos, exactamente como hacía yo siempre que me submergía entre libros y cafés. Al fijarme bien en él, más que un hombre, era un chico. Debía tener unos dieciocho años, tenía el pelo un poco crecido pero cuidado, y la piel oscurecida. De sus orejas colgaban un par de cables, que se unían en la entrada de auriculares de su teléfono. Claramente, no se había percatado de la presencia de la propietaria de esa silla. Mi presencia. Lo único que se me ocurrió fué sentarme en la silla de al lado con las pieras cruzadas, dejar mi café al lado del suyo y sacar la novela que leía en ese momento. No recuerdo el título, solo la mirada que mi nuevo compañero de mesa le echó. Creí que sería una mirada extraña, porque, quisiera o no, una extraña se acababa de sentar a su lado sin ni siquiera consulárselo. Pero, al levantar la cabeza, parecía de admiración. Abrí mi libro, sintiéndome todavía observada, y me submergí en la lectura. Y, aunque iba pasando páginas, me pasó lo que nunca antes me había ocurrido: no recordé ni una palabra de los tres capítulos que leí, y olvidé por completo el café que tenía encima de la mesa. Y, pese a no levantar la cabeza, sabía que el ocupante de mi silla me seguía observando. Decidí sacar mi libreta y escribir mi nombre. Tal vez vió que lo hacía, tal vez no. A las nueve en punto, mi hora habitual de partida, me levanté y dejé caer la hoja. Con un movimiento rápido, guardé el libro y el cuaderno, me colgué la mochila de la espalda y bajé las escaleras. Pasé el portal, confusa grácias al tipo que me robó el sitio.
Al día siguiente, volví. Él no estaba, la hoja seguía donde yo la había dejado. Pero yo no me dejé caer en mi silla. Ahora me siento en la de al lado, esperando que alguien se siente en la que yo solía frequentar. No olvidemos nunca que lo que somos, dejaremos de serlo. Que lo que sentimos, dejaremos de sentirlo. Que lo que queremos, dejaremos de quererlo. Que nuesta silla, quedará vacía. Y que de tanto esperar, al final nos caemos de bruces al ver que por más espera nadie aparecerá.
(Otro café, por favor, que este ya se me ha enfriado)
3/5/14
En el más apartado banco del parque.
Laia está sentada en el medio del más apartado banco del parque. Hace bailar un balón naranja entre sus pies a la vez que cuenta los pájaros que exploran el cielo. Sostiene entre sus manos una libreta sin pauta, con las hojas de un blanco gastado. En él va trazando el vuelo de sus pájaros favoritos, calcando el llanto de algún que otro niño que se ha caído del tobogán. Calca también el ir y venir de los columpios impulsados solamente por el viento, sin ningún ocupante que intente alcanzar las nubes montando en ellos.
Cuando le parece que sus trazos son suficientes, coge un color de su caja. Esta vez escoge el verde, y con él rellena las hojas que danzan siguiendo la melodía del silbido del viento, que pasa a través de ellas haciendo caer cada vez un par. Pinta también un poco de hierba por aquí y por allí y el jersey de la mujer que pasea al perro.
Cuando termina, Laia cierra el cuaderno y lo deja en el banco en el que cada día lo encuentra, siempre con una nueva escena pintada con solamente uno de los colores de su caja. Siempre hay alguna cosa que le sorprende; desde dos niños recorriendo el parque de la mano hasta un abuelo jugando (con el que parece ser su nieto) a hacer castillos en la arena. Y día tras día, ella deja allí su cuaderno para que, tal vez, alguno de los retratados en las páginas de la pequeña artista, se encuentre y se sorprenda de haberle llamado la atención a Laia.
Cuando le parece que sus trazos son suficientes, coge un color de su caja. Esta vez escoge el verde, y con él rellena las hojas que danzan siguiendo la melodía del silbido del viento, que pasa a través de ellas haciendo caer cada vez un par. Pinta también un poco de hierba por aquí y por allí y el jersey de la mujer que pasea al perro.
Cuando termina, Laia cierra el cuaderno y lo deja en el banco en el que cada día lo encuentra, siempre con una nueva escena pintada con solamente uno de los colores de su caja. Siempre hay alguna cosa que le sorprende; desde dos niños recorriendo el parque de la mano hasta un abuelo jugando (con el que parece ser su nieto) a hacer castillos en la arena. Y día tras día, ella deja allí su cuaderno para que, tal vez, alguno de los retratados en las páginas de la pequeña artista, se encuentre y se sorprenda de haberle llamado la atención a Laia.
2/5/14
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Me tropecé mil y una veces con el mismo granito de arena hecho montaña y mil y dos veces me caí de bruces. Hice la pregunta equivocada y entre qués y cómos me perdí. Pero, aquí estoy, casí en el borde de lo que creía un pozo sin fondo y ahora ya no se lo que creo que es, solo que quiero salir de él y ser feliz otra vez. Que no volveré a caer y aprenderé a sonreír de nuevo. Dejar lo que sea que fué eso cómo otro capítulo más, y empezar otro con un bonito título y letra cursiva. Pero sin olvidar, sin un paso en la baldosa incorrecta, sin ser engañada por falsedades que me enterraron viva. Guardar todas mis lágrimas en una caja y cerrarla para solamente abrirla cuando necesite recordar. Dejar todas mis pesares y mis dudas al fondo del armario para nunca volver a verlos. Y que sea otra victória, esta vez contra mi misma, siendo ganadora la única participante en la batalla.
Azules.
¿Quién podría admirar un tono que no sea azulado después de admirar el color del cielo y el mar? Tal vez cinco o diez, aunque puede que hasta veinte. O quizás todo el mundo, excepto ella, a quién le robaron todos los demás colores al crecer. Poco a poco se quedó sin rojo ni amarillo, y tampoco su anaranjada fusión. Tampoco le quedaban verdes, ni siquiera los más pálidos, y los añiles se tintaron de gris. Solamente el color que desprendía su bolígrafo, el tono de el cielo en el más claro de los días, la armonía de una furiosa tormenta. Nada más que azules, conjuntos de celestes, turquesas y azules marinos. No había flores para ella; ella era sus flores. Sus labios se habían tintado de frío, reflejo de su alma, juntamente con sus ojos. Su círculo cromático se cerraba entre los últimos de los violáceos y los primeros de los verdosos. Ella distingia cada una de las tonalidades de su pequeño tesoro: desde el cobalto al zafiro, hasta el majorelle o el turquí. No había secreto de su apreciado color que ella no susurrase. Mirases donde mirases, encontrabas el azul en ella, y en ella el azul. Nadie la comprendía, y es que ¿quién comprende a quien solo le queda un color?
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