28/2/14
Fallos (y cigarros)
21/2/14
Discard
Soy la última carta del perdedor, o mejor dicho, la que al empezar el juego queda apartada, inservible.
Soy la que sobra y nunca falta, a la que nadie necesita, en la que nadie confía.
Soy la que ha dejado de bajar las escaleras de dos en dos y la que ya no da brincos por la calle.
La que ahoga sus gritos en mares de lágrimas, inundando la almohada, para abrazarla al dormir.
La que intenta y fracasa, hasta que se cansa del esfuerzo.
La que tiene la culpa, la que no se controla, la que no hace más que cagarla. La que ha dejado de sonreír. La peor persona del mundo.
La última de la lista, el último y peor recurso, y con ello, el último y peor fallo. La última, el descarte.
19/2/14
Estoy, no soy.
No quiero admitirlo, pero estoy más hundida que Titanic. Me hundo en mis propias lágrimas. También estoy más perdida que una hormiga en un laberinto. Tan cansada que siquiera el café puede despertarme. Tengo tanto frío que ni mil abrazos harían que tuviese un poco de calor. Estoy tan débil que ni todas las vitaminas me darían algo de fuerzas. Estoy tan rota, que ya es imposible unir los pedazos de lo que antes la gente llamaba 'mi corazón'.
Invisible.
Estaba
tan rota que ya siquiera la mejor de sus sonrisas disimularía su tristeza. Se
le notaba. Las ojeras traspasaban las capas de maquillaje aplicadas sin cuidado
bajo sus ojos, a los que hacía tiempo que se les había apagado el brillo que
mucho tiempo antes la había caracterizado. Hasta su forma de caminar era
distinta: bajaba la cabeza y se miraba la punta de los zapatos mientras andaba
sin energías para hacerlo mejor. El pelo lo llevaba con un recogido no
demasiado trabajado, y las antiguas mechas azules que habían decorado su
cabello, ahora estaban descuidadas y lo que un día le iluminó el rostro, ahora
le daba un toque dejado. 15/2/14
Dudas sin respuertas (coherentes)
1/2/14
Recuerdos.
Esa
sala me inunda de recuerdos. Solo entrar, era el olor que hacía. No es
comparable con nada, es algo única, propio de ese lugar. Recuerdo el suelo de
madera e irregular, sobre el cual descargaba mi energía cada vez que bailaba.
Recuerdo el frío del invierno, la forma en la que nos acercábamos a la estufa
de gas para hacer que nuestro corazón no se helara más de lo que ya estaba. (y
es que para bailar se necesita un corazón que palpite con fuerza). Recuerdo,
también, los espejos en los que nos corregíamos los pasos erróneos, dónde nos
veíamos. Veíamos la hermosura que formábamos, una unión perfecta a la vez que
brillantes individualidades. Alguna tenía las medias más rotas que la otra, tal
vez una llevaba el pelo recogido de forma diferente, pero el conjunto era
harmonioso y puro. Era algo real. Y el piano donde alguien se sentaba a tocar
nuestros ejercicios, trabajados y ejecutados de forma casi perfecta. Pero, allí
un error no se disimulaba. Y si fallabas, sentías que fallabas al grupo. Que
todo era tu culpa. Pero, disfrutaba. Cada pirouette era un nuevo reto, cada
plié debía estar perfectamente ejecutado. Me exigía más que nunca, luchaba por
conseguirlo. Para mantenerme derecha a la vez que con la pierna estirada, y la
punta de los pies en la forma perfecta. Pero todo se ha quedado en un par de
vestidos en un armario, perdidos.