Estaba
tan rota que ya siquiera la mejor de sus sonrisas disimularía su tristeza. Se
le notaba. Las ojeras traspasaban las capas de maquillaje aplicadas sin cuidado
bajo sus ojos, a los que hacía tiempo que se les había apagado el brillo que
mucho tiempo antes la había caracterizado. Hasta su forma de caminar era
distinta: bajaba la cabeza y se miraba la punta de los zapatos mientras andaba
sin energías para hacerlo mejor. El pelo lo llevaba con un recogido no
demasiado trabajado, y las antiguas mechas azules que habían decorado su
cabello, ahora estaban descuidadas y lo que un día le iluminó el rostro, ahora
le daba un toque dejado.
Ni
siquiera en los labios se podía apreciar un mínimo de vitalidad. Estaban
pálidos, casi antihumanos, y hacia tiempo que no muestra las comillas que un
día se le formaban al sonreír.
Y, lo
que más me llamó la atención, fue que nadie parecía verla.
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