En esa última calada intentó por enésima vez olvidar lo inolvidable. Alcanzar lo inalcanzable, perdonar lo imperdonable, probar lo improbable, parar lo imparable. El humo dibujó un círculo alrededor de sus labios y a continuación presionó la punta del cigarro contra el suelo para apagar cualquier esperanza. El sabor a tabaco aún estaba presente mientras se levantaba con el café en la mano y se marchaba. Con un rápido andar llegó rápidamente a la estación cuando su tren ya se apreciaba en el horizonte, sin ella. Tarde. Pero ya le daba igual, sólo un error más. Estaba acostumbrada a fallar lo infallible.
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