Otras veinticuatro horas más, otra cruz roja en el calendario. Ya siquiera recuerdo si fué ayer o entes de ayer cuando le ví o la última vez que salí. Si ese sueño fue hace dos o tres noches, si ese libro lo terminé hace una o dos semanas. El tiempo se me escapa por el agujero del reloj de arena cuando (en teoría) cada granito debería contar. Pero una vez más, erro y cuando me doy cuenta, han caído tantos granitos que han formado una montaña de inutilidad. Y yo que no hago más que pasar ojas de un calendario (que ahora que me fijo es del año pasado). Los días me pierden, se pierden, o yo les pierdo. Todo es tiempo perdido.

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