3/5/14

Esperanza a primera robada de silla.

Cuando crucé el portal hacia el interior del café, el camarero de siempre me saludó con la cabeza. Subí las escaleras y me dirigí hacia en la mesa de siempre, la que nunca está ocupada porque parece que la gente ha aprendido que me pertenece. Además, no es la más atractiva del local. Está alejada de la ventana y en una esquina, lo que hace que esté pensada para una persona, tal vez dos. Aunque yo siempre me sentaba allí sola. Nadie más que mis histórias me acompañaban, nunca. Cada día pedía un café solo, como yo misma. Me sentaba en mi silla y olvidaba.
El caso es que, ese día, al llegar, un hombre estaba sentado en mi silla con un libro entre manos. Parecía que ignoraba todo y a todos, exactamente como hacía yo siempre que me submergía entre libros y cafés. Al fijarme bien en él, más que un hombre, era un chico. Debía tener unos dieciocho años, tenía el pelo un poco crecido pero cuidado, y la piel oscurecida. De sus orejas colgaban un par de cables, que se unían en la entrada de auriculares de su teléfono. Claramente, no se había percatado de la presencia de la propietaria de esa silla. Mi presencia. Lo único que se me ocurrió fué sentarme en la silla de al lado con las pieras cruzadas, dejar mi café al lado del suyo y sacar la novela que leía en ese momento. No recuerdo el título, solo la mirada que mi nuevo compañero de mesa le echó. Creí que sería una mirada extraña, porque, quisiera o no, una extraña se acababa de sentar a su lado sin ni siquiera consulárselo. Pero, al levantar la cabeza, parecía de admiración. Abrí mi libro, sintiéndome todavía observada, y me submergí en la lectura. Y, aunque iba pasando páginas, me pasó lo que nunca antes me había ocurrido: no recordé ni una palabra de los tres capítulos que leí, y olvidé por completo el café que tenía encima de la mesa. Y, pese a no levantar la cabeza, sabía que el ocupante de mi silla me seguía observando. Decidí sacar mi libreta y escribir mi nombre. Tal vez vió que lo hacía, tal vez no. A las nueve en punto, mi hora habitual de partida, me levanté y dejé caer la hoja. Con un movimiento rápido, guardé el libro y el cuaderno, me colgué la mochila de la espalda y bajé las escaleras. Pasé el portal, confusa grácias al tipo que me robó el sitio.
Al día siguiente, volví. Él no estaba, la hoja seguía donde yo la había dejado. Pero yo no me dejé caer en mi silla. Ahora me siento en la de al lado, esperando que alguien se siente en la que yo solía frequentar. No olvidemos nunca que lo que somos, dejaremos de serlo. Que lo que sentimos, dejaremos de sentirlo. Que lo que queremos, dejaremos de quererlo. Que nuesta silla, quedará vacía. Y que de tanto esperar, al final nos caemos de bruces al ver que por más espera nadie aparecerá.

(Otro café, por favor, que este ya se me ha enfriado)

En el más apartado banco del parque.

Laia está sentada en el medio del más apartado banco del parque. Hace bailar un balón naranja entre sus pies a la vez que cuenta los pájaros que exploran el cielo. Sostiene entre sus manos una libreta sin pauta, con las hojas de un blanco gastado. En él va trazando el vuelo de sus pájaros favoritos, calcando el llanto de algún que otro niño que se ha caído del tobogán. Calca también el ir y venir de los columpios impulsados solamente por el viento, sin ningún ocupante que intente alcanzar las nubes montando en ellos.
Cuando le parece que sus trazos son suficientes, coge un color de su caja. Esta vez escoge el verde, y con él rellena las hojas que danzan siguiendo la melodía del silbido del viento, que pasa a través de ellas haciendo caer cada vez un par. Pinta también un poco de hierba por aquí y por allí y el jersey de la mujer que pasea al perro.
Cuando termina, Laia cierra el cuaderno y lo deja en el banco en el que cada día lo encuentra, siempre con una nueva escena pintada con solamente uno de los colores de su caja. Siempre hay alguna cosa que le sorprende; desde dos niños recorriendo el parque de la mano hasta un abuelo jugando (con el que parece ser su nieto) a hacer castillos en la arena. Y día tras día, ella deja allí su cuaderno para que, tal vez, alguno de los retratados en las páginas de la pequeña artista, se encuentre y se sorprenda de haberle llamado la atención a Laia.

2/5/14

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Me tropecé mil y una veces con el mismo granito de arena hecho montaña y mil y dos veces me caí de bruces. Hice la pregunta equivocada y entre qués y cómos me perdí. Pero, aquí estoy, casí en el borde de lo que creía un pozo sin fondo y ahora ya no se lo que creo que es, solo que quiero salir de él y ser feliz otra vez. Que no volveré a caer y aprenderé a sonreír de nuevo. Dejar lo que sea que fué eso cómo otro capítulo más, y empezar otro con un bonito título y letra cursiva. Pero sin olvidar, sin un paso en la baldosa incorrecta, sin ser engañada por falsedades que me enterraron viva. Guardar todas mis lágrimas en una caja y cerrarla para solamente abrirla cuando necesite recordar. Dejar todas mis pesares y mis dudas al fondo del armario para nunca volver a verlos. Y que sea otra victória, esta vez contra mi misma, siendo ganadora la única participante en la batalla.

Azules.

¿Quién podría admirar un tono que no sea azulado después de admirar el color del cielo y el mar? Tal vez cinco o diez, aunque puede que hasta veinte. O quizás todo el mundo, excepto ella, a quién le robaron todos los demás colores al crecer. Poco a poco se quedó sin rojo ni amarillo, y tampoco su anaranjada fusión. Tampoco le quedaban verdes, ni siquiera los más pálidos, y los añiles se tintaron de gris. Solamente el color que desprendía su bolígrafo, el tono de el cielo en el más claro de los días, la armonía de una furiosa tormenta. Nada más que azules, conjuntos de celestes, turquesas y azules marinos. No había flores para ella; ella era sus flores. Sus labios se habían tintado de frío, reflejo de su alma, juntamente con sus ojos. Su círculo cromático se cerraba entre los últimos de los violáceos y los primeros de los verdosos. Ella distingia cada una de las tonalidades de su pequeño tesoro: desde el cobalto al zafiro, hasta el majorelle o el turquí. No había secreto de su apreciado color que ella no susurrase. Mirases donde mirases, encontrabas el azul en ella, y en ella el azul. Nadie la comprendía, y es que ¿quién comprende a quien solo le queda un color?

11/4/14

Entre rosas marchitas.

"Tal vez entre todas esas rosas marchitas encuentres una de bonita" -dijiste- "una que se balancee como el mar y suspire como el viento. Cálida como primavera y fresca como otoño, ni demasiado invierno ni demasiado verano, que ya sabemos lo que pasa con los extremos. Una rosa clara como el cielo, suave como el besar de tus labios. Aunque espero que nuestra rosa nunca llegue a hacerlo suyo, que el suave besar de tus labios es mío y espero que nunca lo envuelvas para alguien que no sea yo. Busca una rosa que contenga tal belleza que nada en el mundo pueda compararse con ella. Tal vez llegues a encontrar tu rosa, esa que puedes pasar mirando horas sin cansarte de la melodía que desprende o del aroma que toca los acordes. Una que no tenga demasiadas espinas con las que pincharte y a la vez, una que haga que puedas morir en ella. Una que tenga un verde en las ojas no demasiado pálido, pero no lo brillante suficiente como para desafiar al rojo de sus pétalos. Una rosa que te susurre palabras de amor por mi las noches que no pase a tu lado, que aunque espero que sea ninguna, tal vez le llegue a prestar no más de un par. Una que tenga los pétalos justos para que, si algún día llegas a arrancarlas, te des cuenta de que te quiero de verdad."

Carreras de obstáculos y caídas y de todo.

El golpe que me dí al darme cuenta de que creerme feliz no iba a hacer que lo fuera me sorprendió de tal forma en la que solamente la realidad puede hacerlo. Se dirá que poco lo he intentado, pero tenía poca fuerza acumulada y pensé que solo necesitaría un impulso. Pero mi pista no era de cien metros lisos, era una maratón de obstáculos interminable para la cual necesitaría más de un millón de veces la fuerza que algún día podría conseguir. A la primera valla me caí y ahí me he quedado, tumbada y con más de una nueva herida que curar. Sin ya nadie percatándose de mi presencia, obviando a los perdedores. Como siempre, sigo invisible. Y, ahora mismo, la carrera debe haber terminado, y por lo tanto tengo otra medalla de perdedora que colgar de mi pared.

10/4/14

Días (malos días)

Hoy es uno de esos días en los que mi mirada no reflecta nada más que odio. Ni una palabra amable, ni siquiera una sonrisa, malas acciones y desinterés. De esos que, más que a mi, odio a todo lo que me rodea, uno de esos en los que me doy cuenta de lo sola que estoy y de que nadie me entiende. Soy un interruptor que salta a la primera de cambio y que explota a la mínima.  Pero nadie se da cuenta de nada y no hay persona que consiga animarme. Y esta se suma a las infinitas razones de odio que siento. Hoy es uno de esos días en los que te necesito más que nunca.

27/3/14

Que todo me recuerda a ti.

Mírame a los ojos y cuéntame cómo me olvidaste.

Quiero que simplemente me des las instrucciones de cómo olvidar porque por más recetas que sigo no lo consigo y es que contigo todo es más fácil. Y parece ser que ahora tú tienes la experiencia, así que cuéntame, ¿cómo te olvido? ¿cómo aparto de mi mente cada uno de los momentos que pasé a tu lado? Alguien me dijo que cerrara los ojos y pensara en algo bonito, pero joder, solo se me ocurre tu rostro. Otro me dijo que me tumbara en la hierba y viera como los pájaros volaban de día y como la luna dejaba la noche un poco menos oscura. Pero qué quieres que haga si cada estrella me susurra tu nombre, si cada flor me recuerda a las que les arranqué los pétalos solo para confirmarme que no me querías.
Y es que creo que la única forma de olvidarte es no quererte pero tampoco se que hacer para desenamorarme de ti, así que espero que tú tengas una idea mejor porque así no puedo.

26/3/14

Palabras.

Palabras que como dagas se clavan en el alma. Palabras que como veneno matan al corazón. Palabras que emborrachan al amor y entristecen a las sonrisas. Palabras que sin querer nada lo son todo y a la vez tan poco. Palabras inolvidables y palabras sin recordar. Palabras que reflejan la mezquindad de uno mismo y que adornan unos hechos pasados. Palabras inventadas o rescatadas de los confines del tiempo, olvidadas por el paso de éste. Palabras describientes de fenómenos inexistentes, palabras que simplemente nunca se han pronunciado. Palabras que dejan ver las tristezas del hablante, mil y una palabras que no se pueden sustituir por imágenes, mil y una lágrimas que sin palabras hacen más que éstas. Palabras que mienten por si solas, palabras que dificultan el camino hacia el infinito. Palabras que nacen y palabras que mueren. Pero sobretodo, palabras que matan.

24/3/14

Lágrimas de lo que fuí.

Y de tanto aguantar, al final me salieron las lágrimas a cascadas. Que todas las tristezas no lloradas, se sumaron, como una bola de nieve en los dibujos animados, que rueda y rueda y de ser nada pasa a ser algo enorme. Y mi bola de tristezas llegó al final de la montaña, se rompió y yo con ella. Que en medio de la multidud, recibí un golpe y me mató, que no pude absorbirlo y simplemente me rompí. Y cuando empecé a llorar, las lágrimas salieron a cascadas y parecía un río interminable. Que no se cómo no inundé el suelo de los mares que salieron por mis ojos, lágrimas contenidas y expulsadas en el peor de los momentos. Lágrimas de odio, de sangre, de decepciones, de tristezas. Lágrimas de lo que fuí.
Al menos, espero que no haya motivos para hacer otra bola de nieve, que si no muero de esta, pueda estar un tiempo feliz.

23/3/14

Esperada primavera.

No ha sido el mejor de mis inviernos. De hecho, creo que ha sido de los peores. Y es que no hay nada que se pueda comparar con el dolor de la solitud, con la tristeza de no tener a nadie a quién abrazar para luchar contra el frío de la noche. Pero aquí ha llegado la primavera, con sus campos de flores y sus rayos de sol entre nuves. Con el amarillo del trigo danzando al ritmo de ése viento que no hace más que despeinarte un poco. Cómo he echado de menos a mi brío de esperanza, pero parece que está renaciendo junto a las flores. Y es que en mi invierno he sido una flor marchita, con sus azules pálidos y sus pétalos caídos. Pero aquí ha llegado mi primavera, esperada y deseada primavera. Espero que me hagas renacer.

18/3/14

Y me olvidaste y no te olvidé.

Mal regusto de boca quedó en nuestro final. Lágrimas y soledad nublaron todos esos días y noches y abrazos y besos. Y tu me olvidaste, y yo sigo aquí, viviendo entre las infelicidades del pasado y hundiéndome en la almohada que solíamos compartir. Y sigo sin conseguir ser algo más que lo que fuimos, un puzzle sin completar al que tu le faltas aunque seguramente ya tendrás piezas nuevas con las que encajar. Y es que mis finales sin forzar son de los malos, de los que marchitan las rosas recién cortadas. Y es que tu ya me has olvidado y yo no consigo dejar de pensar en ti, y es que nuestras felicidades se quedaron en las tuyas y a mi me ha tocado las cosas malas, que el que se dedicó a repartir y mezclar se olvidó de su trabajo y todo quedó en nada, y yo me quedé en el recuedo de lo que fuimos y un par de cuadernos llenos de lágrimas y algún que otro verso.

Besos marchitos.

Te llamaría diciendo que me olvidé de devolverte tus besos cuando te los dejaste en el último portal donde se supone que nos quisimos. Lo haría, créeme que lo haría. Pero me han dicho que ya no los quieres ni los necesitas, igual que ya ni me quieres ni me necesitas a mi. Y es que, ¿cuándo nuestro río de amor quedó atascado y se convirtió en lo que sea que es ahora? Tal vez ahora serías capaz de mirar lo que fue el brillo de mis ojos y seguir apagándolo hasta que ni siquiera el sol fuese capaz de reflejar algo de alegría y es que eres, o al menos eras capaz de conseguir lo que querías como hiciste conmigo (aunque tal vez a mi nunca me quisiste, dudo que llegue a saberlo). 
Bueno, pues eso, que me quedé con tus besos pero que sin ti no sirven para nada, que a mi lado solo hacen que marchitarse y me marchitan también a mi. Se que te sigo escribiendo y se también que alguien te está escribiendo otra historia, ya que tu no lo harías porque eres incapaz de involucrarte en algo. Tal vez te sorprendes que todavía recuerde todas y cada una de las conversaciones que mantuvimos pero es que, aunque parezca mentira porque a ti no te importó una mierda, me marcaste y me dejaste con una huella imborrable en mi corazón, y unos cuantos besos marchitos que sin ti no hacen más que reabrir cicatrices.

14/3/14

Falsedades.

En mi no hay nada real, nada que se pueda demostrar, o probar, o yo que sé. Me he acostumbrado tanto a mentir que ya no sé diferenciar mis falsas versiones a las verdades, que me he perdido en mi propio mar. Que no hay nada creíble en mi, que siquiera yo llego a saber qué soy. Que no sé si estoy bien o mal, que estoy hecha de mentiras y que tal vez nada de esto es real. No se si me he aislado en un dolor inexistente o si realmente tengo motivos para ser quién soy, aunque tampoco podría definirme. Que soy falsa felicidad y falsa tristeza, que hace tiempo que dejé de sentir lo que soy y que no se de dónde han salido todos estos cambios, pero que alguien me ajuste y me deje las cosas claras, que ya no distingo lo real de lo falso.

Nadie ya.

Llegaste a mi vida con la intención de curar todas mis heridas, sin saber que era imposible, que vivo en un invierno permanente y que siquiera en pleno verano puedo llegar a ser feliz. No pienses peor de lo que deberías, mis sonrisas eran reales. Me hiciste estar un poco menos triste y empezaste una primavera que no iba más que a ninguna parte. Creíste que me abriste el horizonte pero yo sabía que esa línea tenía final. Porque siempre pasa, nada es para siempre, y aunque fuiste la única que no echó sal en mis heridas, creo que ni tan solo el tiempo puede curarlas. Te agradezco de corazón estos meses, y querría que no te fueras nunca. Pero vivo de recuerdos y deseo que el nuestro sea bueno, y mis finales sin forzar son malos finales, de los que ensucian las bonitas historias. Así que, fuerzo nuestro final. No quiero hacerte daño y se que, aunque no lo creas, a mi lado acabarás como yo. Nadie ya puede borrar mis tristezas.

7/3/14

Las ranas sin príncipe a veces también sueñan.

Pasémonos los días buscando corazones entre las nubes, sentados en un banco ahogándonos en besos o hablando entre risas de cosas felices. Pasémonos las noches contando estrellas, observado como la luna nos observa. Hablemos con luciérnagas y grillos y perdámonos en las oscuridades del más bonito de los bosques. Hundámonos en las profundidades del mar mientras acariciamos las olas y los peces nos pellizcan los pies. Abracémonos hasta que nos durmamos entre los brazos del otro, y es que qué bien encajaría mi cabeza en tu clavícula. Callémonos con besos a medianoche y naveguemos entre nuestro pequeño océano, a la vez que apartamos las gotas de lluvia del rostro del otro para no perder detalle de nuestras facciones. Vivamos nuestro sueño, soñemos nuestra vida. 

(Pero quién va a quererme a mi, ningún príncipe va a convertir la rana que soy en princesa, porque aquí el cuento es al revés)

Las despedidas tardanas siguen siendo despedidas.

Sé que hace tiempo que dejaste de pensar en mi y no hace falta que te disculpes por no echarme en falta. No he empezado con una salutación porque, como tal vez recuerdes, nunca he sabido comenzar las cosas, igual que nunca aprendí a terminarlas. Te escribo porque, de todas las personas de las que me alejé en ese momento, eres a la que más echo de menos. Eres la única a la que mi corazón llegó a querer y solo tú retrasaste mi entrada en el mundo de las tinieblas. Y es que el mundo de la felicidad es tan grande... pero, el de la infelicidad (como recientemente he estado descubriendo) aún lo es más. Y no se puede llamar tristeza porque hay pequeños destellos en el paisaje gris, rayos que iluminan la infinita noche lluviosa. Aunque parezca mentira, creo que estoy empezando a usar las metáforas lluviosas como si fuera algo malo, y ahí es donde te puedes dar cuenta de que algo ha cambiado en mi. 
Quiero que sepas que las cosas me van mejor que cuando nos dijimos adiós. De vez en cuando me siento con fuerzas y tal vez algún día llegue a salir de esta. Aunque, para qué mentir, mis ojos no van a volver a brillar y en mi sonrisa siempre van a quedar secuelas de estos días. El frío sigue en mi. Parece que se ha decidido a quedarse y cada día helarme más. Y es por eso que la muy egoísta de mi te echa de menos: ya no hay nadie que me abrace por las mañanas y descongele una parte del hielo en mi cuerpo. Sabía que esa parte se volvería a helar al cabo de un corto espacio de tiempo, pero al menos se había ido algo, y había más parte que llenar, tardaría más en perder mi batalla. 
Para serte sincera, he dejado de bajar a la calle cuando llueve o de intentar hacer eso de romper la rutina. Vivo en días grises y homogéneos, nada distingue unos de otros. Suelo sentirme pequeña e inútil, con las menos ganas posibles de vivir. Estoy perdida la mayor parte del tiempo. Intento con todas mis pocas fuerzas combatir contra el sueño y seguir viviendo un día más, aunque no se cuanto tiempo aguantaré. No hago más que equivocarme y herir a la gente, aunque los que no se han ido sin despedirse los he echado a patadas de mi vida. Soy tierra pasajera, poco útil y acostumbrada a ser abandonada.
No espero que vuelvas, al contrario, quiero que te quedes a salvo. Espero que seas feliz y que no me recuerdes; he herido ya a suficientes personas como para herirte a ti también.
Espero que esto suene a despedida y espero también que no te afecte, pero siento que nos lo debíamos. Hasta siempre (y hasta nunca).

3/3/14

Tiempo perdido.

Otras veinticuatro horas más, otra cruz roja en el calendario. Ya siquiera recuerdo si fué ayer o entes de ayer cuando le ví o la última vez que salí. Si ese sueño fue hace dos o tres noches, si ese libro lo terminé hace una o dos semanas. El tiempo se me escapa por el agujero del reloj de arena cuando (en teoría) cada granito debería contar. Pero una vez más, erro y cuando me doy cuenta, han caído tantos granitos que han formado una montaña de inutilidad. Y yo que no hago más que pasar ojas de un calendario (que ahora que me fijo es del año pasado). Los días me pierden, se pierden, o yo les pierdo. Todo es tiempo perdido.

28/2/14

Fallos (y cigarros)

En esa última calada intentó por enésima vez olvidar lo inolvidable. Alcanzar lo inalcanzable, perdonar lo imperdonable, probar lo improbable, parar lo imparable. El humo dibujó un círculo alrededor de sus labios y a continuación presionó la punta del cigarro contra el suelo para apagar cualquier esperanza. El sabor a tabaco aún estaba presente mientras se levantaba con el café en la mano y se marchaba. Con un rápido andar llegó rápidamente a la estación cuando su tren ya se apreciaba en el horizonte, sin ella. Tarde. Pero ya le daba igual, sólo un error más. Estaba acostumbrada a fallar lo infallible.

21/2/14

Discard

Soy la última carta del perdedor, o mejor dicho, la que al empezar el juego queda apartada, inservible.
Soy la que sobra y nunca falta, a la que nadie necesita, en la que nadie confía.
Soy la que ha dejado de bajar las escaleras de dos en dos y la que ya no da brincos por la calle.
La que ahoga sus gritos en mares de lágrimas, inundando la almohada, para abrazarla al dormir.
La que intenta y fracasa, hasta que se cansa del esfuerzo.
La que tiene la culpa, la que no se controla, la que no hace más que cagarla. La que ha dejado de sonreír. La peor persona del mundo.
La última de la lista, el último y peor recurso, y con ello, el último y peor fallo. La última, el descarte.

19/2/14

Estoy, no soy.

No quiero admitirlo, pero estoy más hundida que Titanic. Me hundo en mis propias lágrimas. También estoy más perdida que una hormiga en un laberinto. Tan cansada que siquiera el café puede despertarme. Tengo tanto frío que ni mil abrazos harían que tuviese un poco de calor. Estoy tan débil que ni todas las vitaminas me darían algo de fuerzas. Estoy tan rota, que ya es imposible unir los pedazos de lo que antes la gente llamaba 'mi corazón'.

Invisible.


Estaba tan rota que ya siquiera la mejor de sus sonrisas disimularía su tristeza. Se le notaba. Las ojeras traspasaban las capas de maquillaje aplicadas sin cuidado bajo sus ojos, a los que hacía tiempo que se les había apagado el brillo que mucho tiempo antes la había caracterizado. Hasta su forma de caminar era distinta: bajaba la cabeza y se miraba la punta de los zapatos mientras andaba sin energías para hacerlo mejor. El pelo lo llevaba con un recogido no demasiado trabajado, y las antiguas mechas azules que habían decorado su cabello, ahora estaban descuidadas y lo que un día le iluminó el rostro, ahora le daba un toque dejado.
Ni siquiera en los labios se podía apreciar un mínimo de vitalidad. Estaban pálidos, casi antihumanos, y hacia tiempo que no muestra las comillas que un día se le formaban al sonreír.
Y, lo que más me llamó la atención, fue que nadie parecía verla.

15/2/14

Dudas sin respuertas (coherentes)

Y, ¿qué pasará el día que no vuelva de las profundidades del océano? ¿Cuando deje de encontrar la salida del inmenso laberinto? ¿El día que mis pies no consigan levantar del suelo de lo muertos que están? Supongo que seguirán quedando más y más dudas sin respuestas, mi voz seguirá ahogada entre los mares de lágrimas que día tras día forman mi pequeño (o grande) mar. Vagaré infinitamente por caminos hechos de recuerdos que me harán más daño que cualquier arma, recuerdos que harán que se terminen las lágrimas que un día bañaron mis ojos. Tal vez entre los muros que forman mi infierno consigo encontrar una espina que sobresalga de un hermoso rosal y logre reabrir heridas del pasado para matarme (al fin) de una vez por todas.

1/2/14

Recuerdos.


Esa sala me inunda de recuerdos. Solo entrar, era el olor que hacía. No es comparable con nada, es algo única, propio de ese lugar. Recuerdo el suelo de madera e irregular, sobre el cual descargaba mi energía cada vez que bailaba. Recuerdo el frío del invierno, la forma en la que nos acercábamos a la estufa de gas para hacer que nuestro corazón no se helara más de lo que ya estaba. (y es que para bailar se necesita un corazón que palpite con fuerza). Recuerdo, también, los espejos en los que nos corregíamos los pasos erróneos, dónde nos veíamos. Veíamos la hermosura que formábamos, una unión perfecta a la vez que brillantes individualidades. Alguna tenía las medias más rotas que la otra, tal vez una llevaba el pelo recogido de forma diferente, pero el conjunto era harmonioso y puro. Era algo real. Y el piano donde alguien se sentaba a tocar nuestros ejercicios, trabajados y ejecutados de forma casi perfecta. Pero, allí un error no se disimulaba. Y si fallabas, sentías que fallabas al grupo. Que todo era tu culpa. Pero, disfrutaba. Cada pirouette era un nuevo reto, cada plié debía estar perfectamente ejecutado. Me exigía más que nunca, luchaba por conseguirlo. Para mantenerme derecha a la vez que con la pierna estirada, y la punta de los pies en la forma perfecta. Pero todo se ha quedado en un par de vestidos en un armario, perdidos.

25/1/14

Gotas.

El sonido de la lluvia inunda la tarde. Mojan un suelo ya mojado. Mojadas, también, las páginas en las que tanto tiempo ha pasado creando, se hacen nada, se disuelven, mueren, inundadas por la tristeza contenida. Pero no son de lluvia sus gotas, Salen de sus ojos, limpiándolo, a veces a pares, a montones, o solitarias. Un sollozo irrumpe el sonido de la lluvia, lo rompe, lo quiebra. Y ya no se calla, ya no se para. Un mar silencioso la ahoga, ella misma se destruye, se desmorona. La marea sube, enfurecida, y ella, en su triste ventana abierta, observa como las olas rompen al precipicio, fuertes, nuevas, valientes. Sus lágrimas siguen cayendo, precipitándose sobre el agua, aunque insignificantes, pequeñas. Y ella sigue sus penas, y la ventana se cierra, y ella cae, estalla, se precipita, y se hunde, pequeña, insignificante, sola, triste, rota, nada.

24/1/14

Adiós.


Su marcha no ha hecho más que abrir cicatrices superficialmente cerradas. Y nada puede hacerte olvidar sus rasgos, esa nariz aguileña tan suya. Y el remolino en su cabello, y lo mucho que le enfadaba despeinarse. Solo la forma que tenía de acariciar tu pelo parece que no se va a marchar nunca, lo calmada que te sentías a su lado, la forma en que sus labios presionaban tu mejilla, la dulce música que provocaba con solo sonreír. Parecía que no te hacía falta nada más para ser feliz, el brillo de sus ojos parecía darte la vida. Pero es demasiado tarde. Te das cuenta, te das cuenta de que sus recuerdos no van a irse, que levantarás por la mañana pensando que todo es una pesadilla, pero no, es real. Estás sola, y él ya no está ahí para relajarte y hacer que te duermas otra vez. El pulso no deja de acelerarse, desorbitado, hacia algo inexistente. Y nunca vas a asimilar ese "adiós".

Caos.

Parabras, números, texturas, pesadillas, fechas, colores, objetos, letras, sueños, luces, cicatrices. Parece que puedas crearlos, ¿verdad? Conocidos, extraños, juntos, separados. Parece que puedas quererlos, ¿verdad? Tiempo, distáncia, superfície, capacidades, miedo. Parece que puedas medirlos, ¿verdad? Sentimientos. Parece que puedas sentirlos, ¿verdad?