2/5/14

Azules.

¿Quién podría admirar un tono que no sea azulado después de admirar el color del cielo y el mar? Tal vez cinco o diez, aunque puede que hasta veinte. O quizás todo el mundo, excepto ella, a quién le robaron todos los demás colores al crecer. Poco a poco se quedó sin rojo ni amarillo, y tampoco su anaranjada fusión. Tampoco le quedaban verdes, ni siquiera los más pálidos, y los añiles se tintaron de gris. Solamente el color que desprendía su bolígrafo, el tono de el cielo en el más claro de los días, la armonía de una furiosa tormenta. Nada más que azules, conjuntos de celestes, turquesas y azules marinos. No había flores para ella; ella era sus flores. Sus labios se habían tintado de frío, reflejo de su alma, juntamente con sus ojos. Su círculo cromático se cerraba entre los últimos de los violáceos y los primeros de los verdosos. Ella distingia cada una de las tonalidades de su pequeño tesoro: desde el cobalto al zafiro, hasta el majorelle o el turquí. No había secreto de su apreciado color que ella no susurrase. Mirases donde mirases, encontrabas el azul en ella, y en ella el azul. Nadie la comprendía, y es que ¿quién comprende a quien solo le queda un color?

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