Sé que hace tiempo que dejaste de pensar en mi y no hace falta que te disculpes por no echarme en falta. No he empezado con una salutación porque, como tal vez recuerdes, nunca he sabido comenzar las cosas, igual que nunca aprendí a terminarlas. Te escribo porque, de todas las personas de las que me alejé en ese momento, eres a la que más echo de menos. Eres la única a la que mi corazón llegó a querer y solo tú retrasaste mi entrada en el mundo de las tinieblas. Y es que el mundo de la felicidad es tan grande... pero, el de la infelicidad (como recientemente he estado descubriendo) aún lo es más. Y no se puede llamar tristeza porque hay pequeños destellos en el paisaje gris, rayos que iluminan la infinita noche lluviosa. Aunque parezca mentira, creo que estoy empezando a usar las metáforas lluviosas como si fuera algo malo, y ahí es donde te puedes dar cuenta de que algo ha cambiado en mi.
Quiero que sepas que las cosas me van mejor que cuando nos dijimos adiós. De vez en cuando me siento con fuerzas y tal vez algún día llegue a salir de esta. Aunque, para qué mentir, mis ojos no van a volver a brillar y en mi sonrisa siempre van a quedar secuelas de estos días. El frío sigue en mi. Parece que se ha decidido a quedarse y cada día helarme más. Y es por eso que la muy egoísta de mi te echa de menos: ya no hay nadie que me abrace por las mañanas y descongele una parte del hielo en mi cuerpo. Sabía que esa parte se volvería a helar al cabo de un corto espacio de tiempo, pero al menos se había ido algo, y había más parte que llenar, tardaría más en perder mi batalla.
Para serte sincera, he dejado de bajar a la calle cuando llueve o de intentar hacer eso de romper la rutina. Vivo en días grises y homogéneos, nada distingue unos de otros. Suelo sentirme pequeña e inútil, con las menos ganas posibles de vivir. Estoy perdida la mayor parte del tiempo. Intento con todas mis pocas fuerzas combatir contra el sueño y seguir viviendo un día más, aunque no se cuanto tiempo aguantaré. No hago más que equivocarme y herir a la gente, aunque los que no se han ido sin despedirse los he echado a patadas de mi vida. Soy tierra pasajera, poco útil y acostumbrada a ser abandonada.
No espero que vuelvas, al contrario, quiero que te quedes a salvo. Espero que seas feliz y que no me recuerdes; he herido ya a suficientes personas como para herirte a ti también.
Espero que esto suene a despedida y espero también que no te afecte, pero siento que nos lo debíamos. Hasta siempre (y hasta nunca).